Enamorada de siempre de la batalla de las Termópilas, finalmente pude cumplir el sueño de ver donde tuvo lugar la batalla, donde Leónidas, rey espartano, junto con 300 espartanos – y más griegos aliados – se enfrentaron a Jerjes, sus Inmortales y todo su ejército.
Mucho antes de la película de Zack Snyder, mucho antes de ver a Gerard Butler empujando a uno de los emisarios persas por un pozo al grito de “¡Esto es Espartaaa!”, mucho antes de eso, yo ya amaba esa batalla. Su historia. Su forma de suceder.
Leo ahora con placer el libro de Andrew Bayliss “Esparta”, tras haber vuelto a ver por decimoquinta vez la película 300, tras haber visitado, no una, sino dos veces las Termópilas, y me sigue fascinando esta parte de la historia. Tantas cosas hubieran sido diferentes.
Leónidas pasó a la posteridad. Pero el paso de las Termópilas, donde aquello pasó, no. Ya no es lo que era, y nadie de los que van allí espera ver lo que es hoy. ¿Decepción? Yo creo que es ignorancia voluntaria en mi caso. Elegí ilusionarme, elegí creer que estaba igual, elegí no buscar cómo estaba ahora, elegí creerme algo que no es y sí, me decepcioné la primera vez. La segunda, que ya había buscado más información, me gustó. En septiembre vuelvo, con el libro de Andrew leído, con varios blogs y webs estudiadas y seguro que lo veo con otros ojos. Con los ojos de aquella niña cuando escuchó por primera vez esta batalla.
Año 480 a.C.
Jerjes I, hijo de Darío, ofendido por el desaire a su padre (mirar aclaración al final del artículo), decide continuar conquistando el mundo – teniendo en cuenta que ya tenía bajo su reinado a 14 millones de personas, casi un 12% de la población mundial de entonces -. El mismo Jerjes que ordenó castigar a las aguas del Helesponto (actual Dardanelos, un estrecho ubicado entre Europa y Asia que comunica el mar Egeo con el mar interior de Mármara y su archipiélago) con 300 latigazos y un yugo de grilletes. Sí, sí, dar latigazos al mar. ¡Y ponerle grilletes, ojo!
Las treinta ciudades-Estado que optaron por desafiar a Jerjes (no aceptaron la sumisión que tan educadamente este hombre les pidió de forma pacífica antes) recurrieron a los espartanos para su protección y defensa de la libertad. Estos habían sido conocidos por ser derrocadores de tiranías, aunque ellos mismos esclavizaran algunas veces… Estos, los espartanos, habían recibido de Demarato (un espartano integrado en el séquito de Jerjes: una historia larga y liosa, mejor quedaros solo con eso: un espartano al lado de Jerjes I) una tablilla con información y aviso de esta invasión, lo que les permitió adelantarse.
Antes de esta batalla, el 12 de septiembre del año 490 a. C, hubo otra desavenencia contra los persas (bajo el reinado de Darío, papá de Jerjes I) donde los espartanos no participaron. Fue la batalla de Maratón, donde hay un hecho que todos aquí conocemos, nos guste la historia o no, lo sepamos o no, porque sí sabemos lo que es un maratón. Y viene de ahí.

Os cuento: una expedición de Darío (recuerda, los persas, papá de Jerjes, el que castiga al mar y esas cosas) llegó por mar para esclavizar atenienses y eretrios como castigo por haber ayudado a los jonios en su rebelión contra los persas. Capturaron Eretria (en la isla de Eubea, justo delante de Atenas) y luego fueron hacia Maratón, en la costa oriental de Ática. Allí, 10.000 hoplitas (soldados de infantería en la antigua Grecia) atenienses estaban preparados para hacerles frente, junto con 1.000 de Platea, su aliado. Los atenienses se acojonaron un poco ante las fuerzas persas y enviaron a un mensajero a Esparta para pedir refuerzos. Este mensajero se llamaba Filípides, quien corrió de Atenas a Esparta, unos 246 kilómetros, en un día y medio. Todo para llegar y ver que los espartanos decidieron no luchar con ellos hasta que no hubiera luna llena (algunos lo interpretan esto como que estaban celebrando la fiesta de las Carneas, unas fiestas religiosas durante la cual los espartanos y otros peloponesios tenían prohibido combatir). Tras un breve descanso, el mismo Filípides corrió de nuevo a Atenas para decir que no venían espartanos a ayudar a nadie, que se las vieran como pudieran.
Los atenienses ganaron. Parece ser que cuando este mensajero corrió de Maratón, donde tuvo lugar la batalla, a Atenas (unos 40 Kilómetros) para compartir la buena noticia, colapsó y murió.
El filólogo Michel Bréal fue quien, inspirándose en los relatos sobre Filípides, propuso al barón Pierre de Coubertin la celebración de una carrera llamada «maratón» dentro del programa de los modernos Juegos Olímpicos. Mientras que la maratón, como prueba atlética (algo más de 42 kilómetros), celebra la mítica carrera de Maratón a Atenas (evocando esos 40 kilómetros que separan ambas ciudades), hay otra que se corre anualmente desde 1983 entre Atenas y Esparta (evocando esa primera carrera para pedir ayuda a los espartanos), el espartatlón. 246 kilómetros, queridos.
En 1982, oficiales de la Royal Air Force decidieron verificar si la afirmación herodotea de la carrera de Fidípides era plausible, principalmente su llegada a Esparta «al día siguiente». En dicho año, la distancia de 246 km fue cubierta por John Foden en 37 horas y 37 minutos. El año siguiente, para la primera edición del spartathlón, el griego Yánnis Koúros empleó 21 horas y 53 minutos. Véase, el texto de Heródoto ha sido verificado de manera fehaciente.
Volvamos a las Termópilas, segunda batalla contras los persas donde sí lucharon espartanos.
Quiénes estaban del lado de los espartanos:
- Tespias
- Arcadia
- Lócrida Opuntia
- Tebas
- Corinto
- Fliunte
- Micenas
- Fócida
Que se traducía en:
- 300 espartanos
- 700 tespios
- 2120 arcadios
- 1000 locrios opuntios
- 400 tebanos
- 400 corintios
- 200 hombres de Fliunte
- 80 micenos
- 1000 hoplitas focenses
Es decir, en total, según autores:
- 5200+ (Heródoto)
- 7400+ (Diodoro Sículo)
- 11 200 (Pausanias)
Enfrentados a Jerjes y a su Imperio aqueménida con (entre) 150.000 – 400.000, según Heródoto, 2.080.000, según Ctesias, 80.000 y según estimaciones modernas, 200.000.
Antes de seguir, ubiquemos las Termópilas – “Puertas Calientes” (ubico Atenas como referencia más conocida, pero, como veis, ni cerca está):

Más en detalle:

(Fuente imagen: World History)
Y ahora, veamos cómo eran las Termópilas entonces:

(Fuente imagen: Hurgando en la Historia)

Parece que, en un principio, los espartanos (que lideraban a las tropas griegas que he mencionado antes) quisieron frenar a Jerjes en el valle de Tempe, dado que, en su punto más estrecho, entre el monte Olimpo y el monte Osa, el valle mide apenas 25 metros de ancho, con acantilados de casi 500 metros de altura a ambos lados. Un alto oficial del ejército espartano, pero no de sangre real, Eveneto, llevó consigo a 10.000 hoplitas (soldados de infantería en la antigua Grecia). Si combatían con los escudos bien juntos, 150 filas de 60 hombres habrían podido bloquear el paso a los persas. Pero desestimó la idea cuando supo que los persas podrían utilizar numerosas rutas para rodear su posición. Se pasó al plan B: frenarles en las Termópilas.
En este sitio, el mando recaería en Leónidas, rey espartano. La presencia de un rey con ascendencia divina (semidiós Heracles y su padre Zeus) en las líneas de combate indicaba, sin lugar a dudas, que los espartanos estaban comprometidos con la lucha. Leónidas y sus 300 hombres, todos con hijos varones vivos que pudieran sustituirlos en caso de no regresar de la batalla. Algunos autores sugieren que los espartanos eran la avanzadilla para contener a Jerjes, a la espera de refuerzos.
Las Termópilas, en su punto más estrecho, tenía 20 metros de ancho, con abruptos acantilados a un lado y una ciénaga pantanosa al otro. Era tan angosto que, si los 300 hoplitas espartanos combatían con los escudos muy juntos (en lo que se llamaban falanges), con apenas 30 podían haber bloqueado el paso a los persas. Si se alineaban en la falange hoplítica griega estándar (foto de abajo), con 8 filas de hombres y las picas de las 2 primeras filas proyectándose hacia delante como lanzas de justa, los hombres de Jerjes no habrían podido alcanzar a sus adversarios.

(Fuente imagen: Batallas en la Historia)
En este punto, a Leónidas lo acompañaban 2.680 peloponesios adicionales, 1.100 beocios, 1.000 focenses y unos 1.000 locrios. Se cree que las ciudades-Estado que luchaban no pudieron enviar muchos efectivos por las fiestas Carneas, de ahí que haya solo 300 espartanos y unos pocos más de combatientes en tierra. Otras como Atenas, Corinto, Mégara y Egina se encontraban a bordo de sus naves de guerra, listas para enfrentarse a los hombres de Jerjes en el mar.
Jerjes siempre supuso que los griegos se asustarían y huirían al ver su ejército, pero viendo que no, envió a un espía para averiguar qué estaba pasando. Según cuentan, el espía se quedó a cuadros al ver que algunos luchaban desnudos, otros estaban peinándose (al contrario de lo que muestra la película, los espartanos solían tener el pelo largo)… Jerjes preguntó a Demarato (el que os conté que era espartano pero estaba en el séquito de Jerjes) qué mie*** era eso. Este le explicó que eso significaba que iban a combatir: los espartanos tenían la costumbre de “adornarse la cabeza” cuando estaban a punto de arriesgar la vida.
Jerjes, aún así, y sin creer lo que le había contado Demarato, decidió esperar 4 días completos a que los griegos huyeran. Pero estos no lo hicieron… Así que lanzó un primer ataque contra los espartanos. Envió a los medos y cisios, que fueron cayendo como moscas ante los espartanos melenudos y con capas rojas (esto sí era cierto, tal y como vemos en la película).
Después de este fracaso, Jerjes envió a su tropa de élite: los Inmortales. Se llamaban así porque era una fuerza que siempre sumaba 10.000 hombres. Es decir, si uno caía, era reemplazado rápidamente. Sus armas, al igual que la de los medos y cisios, eran insuficientes: escudos de mimbre, sin armaduras y lanzas mucho más cortas que las espartanas. También cayeron.

(Fuente: Sofia Originals)
La estrechez del paso permitió a Leónidas y sus hombres el combate por turnos, pudiendo unos luchar y otros descansar; y luego cambiarse.

Jerjes se retiró tras ver, según afirman las fuentes, “toda la zona en torno a los pasos llena de cadáveres” (Diodoro).
El segundo día fue más o menos igual. El mismo Diodoro menciona que los espartanos jóvenes y veteranos casi descansaban más bien poco porque competían por ver quién era el mejor en combate.
Hay quienes ponen en duda esa resistencia espartana tan a fuego, sin descanso, comparando el esfuerzo físico de la batalla al esfuerzo físico de jugadores profesionales de deportes de contacto modernos como son el hockey sobre hielo, rugby o fútbol. Aunque, recordemos, que la adrenalina que provoca lucha por la propia vida a menudo permite a los soldados realizar proezas que pueden parecer inverosímiles.

Justo cuando parecía que Leónidas y los suyos iban a ganar, un pastor traquinio (de la zona de Traquis o Traquinia) llamado Efialtes informó a Jerjes de la existencia de un camino de cabras que le permitía rodear la posición espartana. Este camino fue tomado por el general de Jerjes Hidarnes y los Inmortales y, aunque estaba defendido por focenses (del lado de los espartanos), estos no fueron rival.
Leónidas supo de esto y tomó la decisión por la que le conocemos hoy: decidió disolver sus tropas animando a todos aquellos no espartanos a retirarse de la batalla, quedando él y sus 300 hombres para garantizar su retirada con seguridad.
En lo que resultó ser la mañana final de la batalla, Leónidas y los espartanos se enfrentaron a los persas. Los hoplitas de Tespias y de Tebas decidieron quedarse con ellos a luchar. Se retiraron a una zona más ancha del paso. Allí, según cuenta Heródoto, estaban “fuera de sí”, luchando con sus espadas rotas, realizando hazañas heroicas dispuesto a morir, incluso luchando con uñas y dientes cuando perdían sus armas. En cambio, a los persas tenían que darles latigazos para que se enfrentaran; muriendo muchos arrojados al mar o aplastados.
Fue tal la resistencia de espartanos y aliados, que los persas tuvieron que tirar de flechas y jabalinas para frenarlos a distancia.
Aunque la batalla de las Termópilas supuso una derrota humillante para los espartanos, Jerjes estaba tan furioso con la humillación que mandó cortar la cabeza de Leónidas para clavarla en una pica. No quiso enterrar a ningún espartano, pero sí escondió montones de sus propios muertos para que nadie viera cuántos persas habían sido abatidos por tan pocos espartanos.
Pantites y Aristodemos fueron los dos únicos espartanos que sobrevivieron. Al primero lo mandaron como mensajero (esto se ve en la película) y cuando llegó a Esparta quedó tan “deshonrado” por los demás espartanos que se ahorcó, incapaz de soportar la vergüenza. Para un espartano, retirarse de la batalla era lo peor, era preferible morir en ella. De hecho, hay una frase de la película que dice la mujer de Leónidas – Gorgo – antes de irse a la batalla – aunque se cree que en realidad se la dice su hija, según otra fuentes – «Regresa con tu escudo o sobre él», representando el ideal espartano por excelencia: la victoria o la muerte en la batalla. Regresar con el escudo era símbolo de victoria. Regresar sobre él era que el hoplita había muerto en combate defendiendo a su ciudad y sus compañeros lo traían de vuelta sin vida cargado sobre su propio escudo. Esto último lo ponen en duda algunos historiadores porque dicen que era raro que los llevaran de vuelta a Esparta, a casa, dadas las distancias, pero sí se cree que era una forma de decir que los llevaban sobre sus escudos a campamentos cercanos al campo de batalla. Aristodemos, el otro espartano que sobrevivió, padecía una afección ocular – al igual que Eurito, quien siguió luchando a ciegas (no se sabe exactamente qué le pasó pero se cree que algo de arena en el ojo que fue empeorando) en la batalla de las Termópilas guiado por su asistente ilota, hasta su muerte – y decidió retirarse de la batalla. Cuando regresó a Esparta, fue tachado de cobarde y nadie le dirigía la palabra. Al verano siguiente, en la batalla de Platea, prácticamente se suicidó al lanzarse desde las filas espartanas para recuperar su honor.
Esta batalla no supuso un freno a Jerjes, solo lo retrasó. Pero quedó en su cabeza como su mayor pesadilla. Igualmente, el imperio persa siguió avanzando, haciendo que los atenienses regresaran a su casa para recoger a mujeres, niños, ancianos y enfermos y huyeran a la isla de Egina y a la ciudad de Trecén, en el Peloponeso. Los persas capturaron Atenas, arrasaron las murallas y quemaron los templos.
¿Sabéis cómo se descubrió este sitio en 1939?
Amo esta parte. Se descubrió una gran cantidad de puntas de flecha y lanzas de bronce y hierro. El análisis de las armas confirmó que la mayoría pertenecían a los arqueros del ejército persa, lo que validó el relato de la «lluvia de flechas» con la que fueron aniquilados los hombres de Leónidas. Estos artefactos se exhiben en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.
Es decir, lucharon a la sombra.

Historiadores y arqueólogos utilizaron los relatos de Heródoto y Diodoro Sículo para ubicar la colina donde los espartanos hicieron su última resistencia (conocida como cerro de Kolonos). Fue el arqueólogo Spyridon Marinatos quien realizó excavaciones en esta colina en 1939.
Qué vemos hoy en día

Como veis, el paisaje físico actual es muy distinto debido a la sedimentación natural de los ríos a lo largo de los siglos. El terreno costero se expandió hasta 20 kilómetros hacia el mar y el paso estrecho quedó cubierto por metros de tierra.

El Monumento a Leónidas en las Termópilas sigue en pie hoy en día como un homenaje a los 300 espartanos. Erigida en 1955, la estatua de bronce se encuentra en el paso histórico (actualmente desplazado debido a cambios geológicos) junto a una placa con el famoso epitafio de Simónides, y fue realizada con fondos de 300 expatriados espartanos de Estados Unidos. Abajo, a ambos lados del famoso rey espartano, otras dos estatuas: las formas personalizadas del río Eurotas y de la montaña majestuosa de Taigetos.


En la base de la estatua se lee la famosa frase de respuesta a los persas, «Μολὼν λαβέ» («Ven y tómalas») (Molon labe). Según Plutarco, el rey espartano Leónidas I pronunció estas palabras en el año 480 a.C. antes de la Batalla de las Termópilas. Fue su desafiante respuesta al rey persa Jerjes I, quien exigió que los 300 espartanos depusieran sus armas.

Las escenas del conflicto entre los griegos y los persas están reflejadas en todas partes del monumento.


Hay un pequeño monumento dedicado a los tespios que también lucharon en la batalla hasta el final. Alguien debió sentirse mal por dar tanto protagonismo a los espartanos, olvidando a aquellos que se quedaron con ellos. En 1997, el gobierno griego inauguró un segundo monumento dedicado a ellos, los 700 guerreros de la ciudad de Tespia que también cubrieron la retaguardia y lucharon hasta la muerte. Es un victorio alado de mucho menos tamaño.

Esta soy yo con Leónidas. Puede ser de mis peores fotos, pero estoy muy feliz.

“No habrá gloria en tu sacrificio. ¡Borraré el recuerdo de Esparta de la historia! Todo pergamino griego será quemado. A todo historiador y escriba griego se le quitará los ojos y la lengua. Incluso mencionar Esparta y Leónidas serán castigados con la muerte.” – Jerjes

ACLARACIÓN: la famosa escena antes descrita de Leónidas lanzando de una patada a los emisarios de Darío (padre de Jerjes I) a un pozo pudo pasar realmente, pero no con Leónidas como rey, pues no reinaba en ese momento. Los emisarios fueron a “demandar agua y tierra”, que en el lenguaje de la época viene a ser “póstrate ante Darío” – acá, sumisión -, es decir, convertirse en esclavos de Persia, de Darío.
CURIOSIDAD: hasta esta fecha, Efialtes (el pastor que traicionó a Leónidas, los espartanos y sus aliados) era un nombre de persona, pero a partir de entonces, tanto en griego antiguo como en el moderno, «efialtes» significa pesadilla.
Espero que os haya gustado. Es de los pocos artículos donde no hablo de comida, hablo de algo que me apasiona muchísimo más incluso.
Como digo en mi podcast (trabajando en ello) Comúnmente raro: «nunca me ha gustado cuando estás escuchando a una persona hablar de alguna de sus pasiones o algo que les gusta mucho, de cómo se les ilumina el rostro y sus palabras salen como con ilusión, con ganas, y de pronto se detienen, y dicen algo como «perdona si te estoy aburriendo» o «disculpa, me emocioné». Y es ahí donde te das cuenta de que alguna vez en sus vidas alguien a quien querían o respetaban mucho les dijo «cállate, eso a nadie le interesa» o «buff, para, por favor», y desde entonces no pueden hablar de sus cosas favoritas sin disculparse cada dos minutos.» Yo no me voy a disculpar porque, leáis esto o no, yo lo he disfrutado, lo he vivido, y me he emocionado leyendo sobre esta parte de la historia, como siempre me pasa.